Anécdotas, Cuentos, Historias

Mostrando entradas con la etiqueta Toño. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Toño. Mostrar todas las entradas

lunes, 18 de mayo de 2015

Un Toro Extraterrestre





Toño tenía, solo 25 años cuando  le fue encomendado, por parte de su abuelo, llevar  desde la finca hasta el pueblo más cercano  800 toros cebados que  estaban listos para  embarcar y vender en Bogotá. La finca  del abuelo de Toño,  estaba a mas de  8 jornadas de camino,  y  el ganado debía ser llevado de manera lenta pero constante   para que  no se cansara y asi llegaran al punto de embarque lo menos maltratado posible.
Después de dos jornadas es decir dos días de camino, el toro más grande de color negro y con un peso de  827,5  Kilogramos de peso, se quedo retrasado; por lo que  Toño  al ver esto, debió con  un susurro y silbido suave  animarlo para que continuara y se uniera nuevamente a la manada; pero  el animal  no accedió a su forma de animarlo, luego debió cambiar de estrategia y asi sacó su poncho que siempre lo acompañaba y procedió a  hacerle un sacudón  con el mismo, con el fin de que el toro le hiciera el lance, lo que ocurrió  de manera inmediata  y  en cuatro lances mas, el toro le dio alcance al vaquero y el  animal no se detuvo,  persiguió al vaquero de manera rápida constate, fiera y  despiadada hasta casi alcanzarlo.
Toño el vaquero, al verse  perseguido y asediado por el toro negro,  mientras corría, vio  en la distancia una gran cascada de agua, que caía a mas  de 100 metros de altura,   se dirigió a ella y se subió de manera  muy rápida  por la caída de agua, pero el toro  también lo hizo simultáneamente;  en este momento Toño se acordó que llevaba un machete y  ya cuando el toro estaba a punto de alcanzarlo, saco el machete  y le dio un golpe al agua,  en ese instante, una luz destellante alumbró, el espacio,  y el  chorro del agua, se cortó súbitamente y fue ahí cuando el toro  se desplomo hacia el fondo del precipicio,  y la vida del vaquero se salvo.
Aquel toro negro  cuando cayó al fondo del precipicio  bramó como pidiendo auxilio, el bramido era muy fuerte y diferente a como lo hacían los demás toros;   en ese momento apareció nuevamente luz destellante y fuerte  que ilumino el cielo y la tierra,  y dentro de ella  salió un platillo volador muy grande de color negro, con luces de colores, que hacia  movimientos giratorios hacia adelante y  hacia atrás,  y el mismo se fue elevando de manera muy  rápida sobre el firmamento.

A los 2 días luego   de haber vivido aquella experiencia, el vaquero, su abuelo y  12 trabajadores fueron  a buscar los restos del animal, pero no encontraron ninguna señal  ni de vida, ni de muerte, por lo que infirieron que  aquel animal  era un extraterrestre que había sido enviado en forma de toro a la tierra,   para que aprendiera las múltiples sapiencias del vaquero, quien desde niño y por enseñanzas de su abuelo adquirió año tras año para defenderse en  la vida mientras crecía en  las llanuras de Colombia. El vaquero también fue salvado por los   extraterrestres, y no era para menos, pues aun debía enseñarle a  varias generaciones todo lo que él había aprendido del abuelo y de la vida misma, mas todas las proezas que hasta ese momento había realizado y jamás  descartó la idea que  más adelante enviaran a  otro extraterrestre a   seguir aprendiendo  un poco más sobre    todas  sus hazañas.

sábado, 6 de octubre de 2012

El ocaso de un llanero


De Miraflores.
Cementerio de Miraflores Fot Ligia  Ballesteros.
Toño aquel personaje  sin miedo oriundo de Miraflores, que desde joven se fue a vivir a los llanos orientales, hace  muchos años, y en el que vivió una buena parte de su vida, pudo acumular en su mente muchas historias fantasiosas  que con orgullo y convencimiento compartió durante  varias generaciones  en las tiendas y  cafeterías de Miraflores cuando retorno nuevamente, a su tierra natal Miraflores Boyacá.


A sus a sus 98 años  un día jueves salió de su casa  a las 5 de la mañana, con destino  a la carnicería  a comprar  la carne fresca para  el desayuno; por el camino se encontró con  don Rafaél un viejo que desde las 4 de la mañana todos los días,  se sentaba en una cafetería por el lado de la plaza de mercado a tomar tinto, a hablar con los amigos y   a hacer negocios; ese día cuando don Rafaél vio a Toño su amigo, lo llamó  y  le brindo un  tinto caliente  bautizado con  un aguardiente doble como era la costumbre de los viejos, cada vez que se encontraban en las  cafeterías del pueblo al amanecer; aquellas cafeterías, eran a su vez panaderías y  en las que  todos los madrugadores  siempre tomaban tinto, o jugo de naranja  acompañado de Kola granulada tarrito rojo, con un trago de brandy y uno o dos huevos crudos,  que  según los entendidos les servía para  fortalecer el cuerpo , el alma y  estar siempre listos en caso de presentarse alguna faena amorosa. El  consumo  de esta singular mezcla, ha sido tradición, por aquello de lo afrodisíaco  que la consideran.


Siendo las seis de la mañana, después de haberse tomado tres tintos bien grandes, bautizados con un aguardiente doble, y haber consumido un gran vaso de  jugo de naranja con la Kola granulada, el brandy y dos huevos, preparado con destreza por Carmelita, Toño se despide de don Rafaél de manera más ceremoniosa que lo acostumbrado y se dirige a la carnicería de Yacué; a paso lento, muy lento va caminando con su bordón  hecho de macana con  punta de hierro que le servía para sostenerse, hasta llegar a la carnicería. Allí en la carnicería, le pide a Yacué, tres libras de carne pulpa, y una de hueso,  que envuelven en hoja de plátano seca llamada papelón, ya que en la época no existía el plástico, ni las bolsas de papel y menos para la envoltura de la carne, ya que la misma se envolvía bien en papelón o en hojas de helecho marranero.


Las historias de Toño siempre fueron fantasiosas, exageradas y  acomodadas   según las vivencias que tuvo mientras permaneció  en los llanos orientales  trabajando como  mensual (muchacho mandadero), cuando joven, luego  como caporal y después como propietario de una finca pequeña que  fruto de su arduo y duro  trabajo pudo adquirir de manera muy honesta.


Los últimos años de Toño,  los paso en su pueblo natal Miraflores, en donde tenía su casa; allí en el pueblo lo acompaño siempre su esposa y sus 4 hijos; su rutina fue la misma desde el día que decidió quedarse a vivir para siempre en  Miraflores, levantarse temprano,  salir a tomar tinto a las 4 de la mañana, comprar la carne,  desayunar,   y descansar hasta la hora del almuerzo, hacer la siesta y  salir a las tres o cuatro de la tarde todos los días al parque y sentarse en una cafetería a ver pasar gente,   mientras tomaba tinto y contaba sus fantasiosas  y fenomenales historias de todas sus vivencias, a sus amigos, a los jóvenes y a los niños quienes con asombro  y boquiabiertos le escuchaban  atentamente por horas y horas todos los relatos que contaba siempre con  un sentimiento de amor y pasión por los llanos orientales.

Ese día jueves su esposa le sirvió  como desayuno un plato de caldo con un hueso bien carnudo, una arepa grande de  maíz pelado, y un chocolate  en leche, servido en una taza blanca con flores traída de la china y que había heredado de una de sus patronas.


Después de su desayuno, Toño se recostó en su hamaca  a descansar  quedándose  dormido hasta la hora del almuerzo, mismo que no  quiso recibir por sentirse un poco mal de salud.


A las 3 y media salió como de costumbre con destino al parque municipal y  se  instalo en  una cafetería por el lado de la copa,  que era atendida por doña PEPITA, una señora de más de 65 años, de  piel blanca, contextura delgada, de 1,80 metros de estatura, de hablar apaisado,(acento antioqueño)  como característica especial  su cara y sus manos muy arrugadas.


Allí en la cafetería de doña Pepita,  tomo tinto con varios de sus más cercanos amigos, y empezó a contar otro  de sus cuentos. Cuando estaba dando inicio a una de sus presuntuosas vivencias, apareció en medio de la penumbra un toro de casta que por descuido de  uno de los ganaderos, se había salido de los toriles de la plaza de toros y de manera inexplicable llego a  una   frutería localizada diagonal a la cafetería que atendía doña Pepita, en pleno centro de la ciudad; este  animal de casta, que tenía como destino final una corrida de toros en la MONUMENTAL SAN JOAQUÍN DE MIRAFLORES, se escapo, llego al parque  y se detuvo por varios minutos frente a la frutería, mientras la muchedumbre corría despavorida  al ver esta inimaginable escena.


En ese momento Toño   dejo de contar  su relato,  se paró, y salió  caminando lentamente, sostenido con su bordón  hacia la puerta de la cafetería de doña Pepita  con el fin de  opinar  sobre este singular episodio.  Cuando llego a la puerta, se detuvo, grito una instrucción al dueño de la frutería y cayó al piso súbitamente;  de manera rápida todos los allí presentes,  lo llevaron de emergencia al  Hospital Elías Olarte que estaba ubicado a   menos de una cuadra de distancia de la cafetería de doña Pepita.


Ese trágico día, se continuaba  celebrando  las ferias y fiestas del pueblo,  de ahí   la presencia del toro de casta, mientras  todos corrían despavoridos por la presencia del toro  de casta al frente de la frutería muy cerca al parque municipal, en donde  empezaba la verbena popular, Toño llegaba al hospital en manos de los amigos y  curiosos.


En el Elías Olarte, fue atendido de manera rápida por el equipo médico del entonces, pero su edad, el susto y el golpe recibido por la caída en la cafetería de doña Pepita no le permitió continuar con vida.


Hasta el centro hospitalario llegó su esposa, acompañada de sus hijos, amigos y familiares para darle  su último adiós. Toño murió a los 98 años en los brazos de su amada esposa, en la tierra que un día lo vio nacer  y luego partir hacia los llanos orientales; misma tierra que lo recibió durante su vejez y que  luego le sirviera de última morada, como fue siempre  su deseo.


Toño falleció producto de una insuficiencia cardíaca, producto del  susto que le causara ese toro de casta en el parque de Miraflores, no sin antes  dar el último consejo a gritos al dueño  de la frutería para que le disparara al toro, con su revólver calibre 38  marca Smith & Wesson y no permitiera una tragedia mayor.


Toño antes de morir estaba dando inicio a  otra de sus fantasiosas vivencias,  sobre el encuentro que tuvo con la insurgencia, en algún lugar de la región del Lengupá mientras pescaba en compañía de varios amigos y en la que le fue perdonada la vida, por su valentía y su coraje.

Toño, siempre amo a su pueblo Miraflores, amo a su gente, a sus amigos y dejo muchas historias fenomenales, fantasiosas, anecdóticas y reforzadas que en su mente acomodo y contó a varias generaciones, en las tiendas y cafeterías del pueblo  frente a sus amigos, conocidos y demás que le rodeaban mientras  las iba relatando como si fueran ciertas, dejando a todos boquiabiertos,  mismos relatos que después de ser escuchados por la gente, servían para  reírse   y mofarse de aquel personaje que llevo a su pueblo natal Miraflores y a los llanos Orientales muy dentro de su corazón y que tuvo la fortuna de regresar al pueblo y contar a las diferentes generaciones todas sus historias llenas de fantasía. 



Un pollo gigante.


De 29 libras  y media



En la finca del abuelo todo era en abundancia;  obreros, familia, ganado, cerdos, caballos,  chigüiros, lapas, venados, perros  y también gallinas y pollos, Contaba Toño a pocos días de su muerte.


Allí por la abundancia de comida, por las buenas tierras, por lo excelente del clima, pero sobre todo por el cuidado que  yo tuve que darle a todos los animales; estos crecían y engordaban rápidamente, nadie cree  lo que cuento, pero  los testigos de todo eso fueron mis abuelos, ellos no mienten, decía Toño, en una cantina mientras tomaba unas cervezas  en compañía de amigos, conocidos y extraños que le rodeaban atónitos y jetiabiertos (con la boca abierta)  mientras  Toño contaba sus fenomenales historias.


En  el año 1960 o 61  no recuerdo bien la fecha, llegaron unos amigos de mis abuelos a visitar la familia; y de regalo le trajeron  12 docenas de huevos de una raza de gallinas gigantes, con el fin de que  la abuela los  pusiera a empollar bajo las alas y calor de las gallinas criollas que había en el hato.


Como los huevos eran tan grandes,  no cabían bajo  el cuerpo de una gallina criolla, por lo que la abuela Catalina seleccionó 24 de las mejores gallinas   y las puso a empollar, a cada una le asigno de  a solo seis huevos ya  que no alcanzaban más; a los 21 días nacieron todos  los pollos,  los cuales empezamos a cuidar en  un patio especial que  la abuela ordeno hacer solo para atender las 24 gallinas y sus 144 pollitos.


Para  la alimentación de  las gallinas y sus pollos, debíamos partir maíz,   y arroz,  todos los días y suministrarles  a toda hora junto con  agua suficiente;  asi mismo en los potreros buscábamos el  comején de tierra (termitas),  arrancábamos los murutuyes (casa de termitas) y  los llevábamos al patio, allí los partíamos y   cuando salían todas las termitas los pollos y las gallinas comían sin descansar.


Con esa alimentación, mas los cuidados que  debíamos tener para que no se enfermaran, los pollos  crecieron rápidamente  y empezaron a engordar a  un ritmo muy rápido, incluso muchos de esos pollos  no se podían parar de los gordos, en esa época,  no existían las vacunas  ni las vitaminas,  los remedios caseros  como agua con limón, y gotas de creolina, era lo que no dejaba que  les diera peste; así fue como tuvimos que criar a todos estos pollos.


De los 144 pollitos, salieron  unas pocas    gallinas los demás fueron gallos grandes y fuertes que   nos fuimos comiendo en épocas especiales, como para el cumpleaños del abuelo, o la abuela Catalina, o para mi cumpleaños, y para las visitas especiales como los compadres de los abuelos y  algunos políticos que llegaban a saludarnos, solo quedaron 5 gallos, los más grandes que la abuela  dejo para conservar la raza, las gallinas si las dejamos todas por que los abuelos querían poner un criadero especial de esta raza gigante.


Cuando mi abuelo  cumplió  años. La abuela decidió poner en la olla uno de los más grandes  gallos de todo el patio,   yo tuve que ir  junto con  2 obreros mas a perseguirlo hasta alcanzarlo y llevárselo vivo a la abuela para que ella lo sacrificara,  después de dos horas de persecución no podíamos alcanzarlo, en aquel momento, pensé en sacar uno o dos  de los perros finos de cacería, pero la abuela no permito, por que ella misma quería sacrificar al animal para no perder absolutamente nada del mismo, entonces debió salir   otro obrero,  y entre los cuatro lo pudimos atrapar;  ya cansado el pobre animal, y muy fatigado cerca de una mata de bejucos que  hacia una maraña  sobre un caño cerca a la casa, lo encerramos y con un rejo lo enlazamos como se enlaza el ganado.


Amarramos muy bien el pollo  de las patas y  lo llevamos a la casa,  cuando  se lo entregamos a la abuela, ella no podía creer  al sentir lo pesado del animal, a mi no me pareció raro, porque yo sabía que esos animales con todo lo que yo les ponía de comer tenían que ser muy grandes y sobre todo muy pesados,


La abuela antes de sacrificarlo, mando por la romana para pesar esta belleza de animal,  mientras mi  abuelo y yo apostamos  la rabadilla del gallo,  que era la presa que más  nos gustaba a los dos,  la apuesta era, el que más cerca estuviera del peso  que diera la romana, este se comería la presa apostada.  Y así fue,  mi  abuela junto con el mensual, pusieron el gallo dentro de un costal  ralo de fique, y lo pusieron a la romana, mi abuela el mensual, las cocineras los trabajadores y el abuelo no podían creer lo que pesaba ese gallo gigante, ¡pesó 29 libras y media!.


La sorpresa para todos, además del peso de este animal, también lo fue la apuesta, porque mi abuelo le calculo 29 libras y  yo le calcule 30, luego la apuesta quedo en empate, entonces debimos compartir la presa que nos gustaba a los dos, por el  empate técnico que quedamos, es que mi abuelo y yo éramos muy buenos para eso del cálculo de peso al ojo.


A la hora del almuerzo, en una mesa de madera, grande, nos  sirvieron sobre hojas de plátano, yuca, plátano verde, plátano maduro, malanga,  arroz y la  rabadilla partida en dos partes, la mitad para el abuelo y la mitad para mi,  el abuelo y yo permanecimos almorzando dos horas y media y quedamos tan llenos e indigestos que  la abuela Catalina nos  debió servir dos  vasos llenos con jugo de limón  y con zumo de unas  hierbas para que  pudiéramos digerir  bien  ese almuerzo que jamás se me  olvidara.


Después del almuerzo,  nos  recostamos en las hamacas,   y descansamos toda la tarde, pero yo nunca más  pude volver a comer  pollo porque  desde ese día que nos comimos ese pollo gigante que  yo ayude a criar, me empalago tanto que  ahora hasta el olor a pollo en la distancia, me hace dar nauseas.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Los Cazadores.


Eran perros finos de cacería.


En una noche de  luna llena, Toño sentado en un taburete de madera, forrado en cuero de ganado,  en la casa de uno de sus nietos,  narraba  con mucha alegría, la historia de los perros  que  habían en el Hato de Santa Helena, de propiedad del abuelo; en los llanos orientales;  Toño decía que al haber mucho animal de monte como, cachicamos, chigüiros, venados, lapas, tinajos, conejos, pavas montañeras,  y muchos más, la labor de caza era frecuente; no solo porque a todos nos gustaba mucho la carne de monte, sino que  en la cocina, la abuela y las 25 cocineras pedían tener suficiente carne para  darnos a todos los que  permanecíamos en el hato, que éramos muchos. De esa manera, la abuela Catalina, también le ahorraba al abuelo el sacrificio de una res diaria, o de 7 marranos, que era lo que  entre todos nos comíamos cada día en las tres comidas. 

Desde esa  ocasión en que yo mate de dos disparos con la Winchester a mas de 60 chigüiros y 15 venados que se comían la sal  que el abuelo ponía bajo los árboles en un pozuelo de madera para el ganado,  todos los animales de monte se arisquiaron (volverse precavidos, desconfiados y montaraces) y no salían casi a lo limpio; por lo que debíamos salir una vez a la semana a cazar para tener suficiente abastecimiento de carne en la cocina.

Desde que los abuelos se instalaron en Santa Helena con toda la familia; llevaron  también con ellos 25 perros finos cazadores que el bisabuelo  de  mi abuelo había conseguido en Santander de una de las  fincas  que fueran del  general Francisco de Paula Santander, y que según contaba el abuelo los primeros perros que llegaron , los trajo  como regalo Simón Bolívar en uno de sus tantos viajes desde Europa,  a su amigo el General Francisco de Paula Santander, antes de que se disputaran el poder.

Todos estos perros eran de verdad finos, muy finos y el abuelo no permitía que estuvieran sueltos para que no se cruzaran con las perras criollas que  tenían los vecinos en las fincas colindantes. Entonces estos perros finos, permanecían encerrados en unas jaulas especiales hechas con  tabla  y  bajo  un ranchón grande de palma que servía de perrera.

La semana de cacería, era un acontecimiento esperado por todos, porque salíamos de la casa  y nos íbamos  durante toda la semana día y noche a la cacería.

Una semana antes, se alistaban los cartuchos y municiones  para las armas,  que eran 12 escopetas de fisto, 1 carabina marca Winchester que solo usaba el abuelo y yo, también se alistaban las  linternas, la manteca de armadillo,   y algunos alimentos, las armas debían estar muy bien   lubricadas, limpias y probadas para que no fallaran durante  la semana de cacería.

El viaje se hacía saliendo de la casa al medio día después del almuerzo,  para llegar a eso de las 4 de la tarde a la mata de monte que escogíamos en esa semana para cazar; allí en ese lugar, nos apeábamos de  los  caballos,  los  desensillábamos,  (quitar los aperos, sillas o monturas) y poníamos a pastar, mientras otros armaban  con hojas de palma un cambuche  (refugio) para dormir y  otro  para cocinar.

Esa misma noche  a eso de las 7 de la noche salíamos con la jauría de perros finos, los cuales  se habían dejado aguantar hambre durante los últimos tres días antes de salir a la misión. A la cacería, solo se llevaban los perros machos y algunas  hembras paridas; a todos se les untaba manteca de armadillo mezclada con ajo machacado, en las patas, en las orejas,  y en la barriga; con el fin de que las culebras  venenosas que  abundaban  en el monte no los mordieran.

Los perros  los soltábamos  tan pronto olfateaban una huella de  venado o de chigüiro, o  de lapa y estos salían todos en gavilla a perseguir  a cuanto animal encontraran mientras nosotros    atrás , con nuestras escopetas bien cargadas y listas.

Estos perros  finos, cazadores  y bien entrenados, por el abuelo y por mi,  no dejaban escapar a ninguna presa,  todos trabajaban  juntos  hasta que le daban cacería a cuanto animal se les cruzara en el camino.  

Esto que les cuento;  decía Toño esa noche de enero mientras sostenía una totuma con guarapo fermentado del día anterior, frente a quienes le escuchaban con mucha atención; Les cuento y no me lo van a creer menos mal tengo testigos, la jauría de perros  cazaban tanto que nunca pudimos hacer un tiro a  ninguno de los animales que quedaron en las fauces de estos,  porque ellos  los agarraban por el pescuezo, y entregaban la presa al amo. Entonces lo único que hacíamos era esperar en un punto mientras los perros  perseguían,  daban cacería a la presa, y la entregaban. Los obreros y yo, esperábamos con paciencia  toda la noche, ya que la jornada  terminaba a las 5 de la mañana, a esa hora regresábamos al cambuche a  comer,  y  a descansar  junto con los perros; eso sí a los perros solo les dábamos una comida muy poca, que mezclábamos con pólvora fina para que  se volvieran mas bravos, también los poníamos a oler la sangre de los animales cazados y les dábamos suficiente agua; de esa manera siempre estaban listos para la siguiente noche.

Mientras unos descansábamos otros  pelaban los animales cazados,   otros preparaban la carne  bien tasajeada, se salaba,  se secaba al sol, otra parte, la poníamos entre la  manteca  de chigüiro y asi la conservábamos en buenas condiciones mientras llegábamos a la casa principal. Los cueros  de todos estos animales se salaban bien y ponían a asolear para  luego llevarlos a la casa,  estos cueros los usábamos para, forrar butacas y taburetes,    ponerlos de adorno  y otro poco para venderlos y regalarlos a los amigos y familiares que  visitaban la finca, los rabos de los armadillos los colgábamos   en un lazo  por docenas  como prueba de  la cacería.

Los perros  eran una fieras que  hacían el trabajo por nosotros,    estos animales los entrenábamos entre mi abuelo y  yo  por más de dos años hasta que estaban listos,  después de varios años, a estos perros no había necesidad de acompañarlos porque solo se les daba la orden de ir en busca de  los animales de monte y ellos mismos iban solitos y llegaban a la casa con dos o tres venados.



Cuando me vine para esta mi tierra Miraflores, me traje 4 perritos  de esos,  una  tarde, mientras estaba sentado en el café de los parasoles  tomando tinto y comentando con unos amigos  también amantes  a la  cacería, llego un amigo que venía de Berbéo  y nos dijo  “mientras ustedes están reunidos acá hablando allá abajo en el puente del rio del Lengupá, vi pasar tres armadillos”  yo  me quede muy callado y rápidamente me fui a  la casa, saque los perros, los lleve al camino que  conduce del pueblo al rio,  allí los solté  y les di la orden de que fueran a cazar,   al otro día muy a las 4 de la mañana me fui  a donde los había soltado y ahí estaban los  cuatro perros  esperándome  cada uno con un cachicamo que habían cazado la noche anterior mientras yo dormía

miércoles, 29 de agosto de 2012

Trescientos toros cebados.


Treinta viajes de ganado.

Después de que el abuelo le  regalo a Toño las doce reses como premio por haber matado los chigüiros, él muy feliz los puso a pastar en un potrero que tenía el hato muy cerca de la casa principal; desde allí los podía ver todos los días, y  les ponía sal y todos los desperdicios que salían de la cocina, por  lo que esos animales se volvieron muy mansos y fáciles de manejar,  que los obreros hasta le rascaban los cojones.

Allí en el hato   había también muchos marranos   pero los abuelos  no permitían que los desperdicios de la cocina  se les diera como alimentación a estos cerdos,   porque ellos tenían toda la sabana llena de semillas de palma de moriche y con eso se alimentaban muy bien todos los días; es que la Pepa de palma de moriche es tan buena que los marranos se engordaban tanto que muchas veces  se morían por el camino  muy fatigados; entonces quedaban allí muertos y  del sol que les daba durante los dos o tres días hasta que se encontraban, les derretía toda la manteca a los pobres animales,  creo  que debían sufrir mucho en la  muerte por que con esa gordura y el sol derritiéndoles la manteca quedaban como fritos que ni siquiera los chulos ( Zamuros , Zopilotes) alcanzaban a ventarlos (verlos, olfatearlos) para comérselos de lo tostados que quedaban en esas sabanas ardientes.

Los marranos al igual que el ganado los buscábamos y embarcábamos  una vez al año para llevarlos al mercado; esa historia  la cuento después.

Por la razón anterior de la abundancia de comida en las sabanas, los desperdicios de la cocina me los dejaban utilizar para  ayudar a alimentar mis primeros 12 toros blancos , cebúes, y morrudos que el abuelo me  regalo.

Como   yo siempre he sido muy trabajador, rapidito, en menos que canta un gallo, antes de un año completé trescientas reses  y a todas  las puse en un solo  potrero para cuidarlas  de verdad  y enseñarles a esos que dicen llamarse ganaderos  como es que se engorda  el ganado; como los últimos toros, eran bien salvajes, animales fieros  y mañosos, los junte con los primeros doce que tenía ya muy mansos, para que aprendieran a estar  en su portero y  en menos de una semana se volvieron todos mansos muy mansos, pero eso fue, porque yo les enseñé y se les acompaño con los primeros doce que me regalo el abuelo.

Estas trescientas reses las tuve allí solo 2 años, 4 meses  y cinco días, dándoles comida, yo les picaba  a diario y a  cada momento, caña, pasto, les daba sal  con melaza, desperdicio de la cocina,  yuca , plátano, malanga, arracacha, cidrón, ahuyama, frijol, calabaza, maíz,  de todo lo que encontrara y  a veces hasta carne que sobraba de las cacerías que hacíamos con frecuencia; y de sobremesa para la sed no tomaban agua  sino un guarapo bien preparado. 

A los dos años,  4 meses y 5 días, cuando me vi  un poco sin dinero, decidí vender este lote de ganado, para pagar  unos pocos centavos que debía, y sacar  para comprar más reses, o  ya en definitiva una finquita con ganado, que fuera mía; entonces programé la salida de mi lote de reses; en ese entonces  al llano solo bajaban unos pocos camiones a repartir líchigo y cerveza, y en el verano otros a llevar sal y a sacar ganado de las fincas; luego  hice cuentas tengo 300 toros gordos, a cada camión le caben 13  eso me daba   23 viajes de ganado, para que vayan más  o menos bien y no lleguen tan estropeados al matadero a Bogotá, conseguí los 23 camiones y llegaron todos al tiempo en caravana hasta el hato del abuelo.

Allí en la finca, todos pendientes  con mis toros porque eso si eran toros de verdad no como esos bichos a medio cebar que sacan en otras fincas, a pesar de que aun les faltaba tiempo de cuido, porque les debía faltar como   más o menos un añito más  de tiempo; pero que podía hacer  yo;  si en ese momento necesitaba el dinero.

Empezamos a embarcar, con los obreros,  mientras mi abuelo desde un caballo miraba como esas reses caminaban lentamente  para subirse al camión, a algunas debimos ayudarles por que no podían por su peso subir solas al camión. Y cuál fue la sorpresa pues que no alcanzaron las trece reses que tenia calculado  en cada camión solo  alcanzaron a entrar 10 y eso bien apretadas, es que el peso de esos animales era muy bueno, según mis cálculos y yo soy bueno para  calcular y como conozco mi tipo de engorde, cada animal debía estar pesando  entre unos  597 kilos y medio a unos a  unos 600 kilos y medio como mínimo.

Como no me alcanzaban los camiones, mande a un muchacho a conseguir 7  camiones más para poder llevar todo el lote de ganado en una sola caravana hasta Bogotá y hacer un solo negocio.

El muchacho  se fue muy rápido a caballo  a buscar los camiones, pero no encontró  sino 4  camiones sencillos  para 10 reses cada uno y 2 doble troque (camión de dos ejes) para subir las ultimas treinta reses.

Para los dos doble troque,dejamos los animales mas gordos y pesados; por que uno no sabe si por la espera, se pueden fatigar, cansar y tal vez morir alli  bajo ese sol; asi que  a cada camión,le subimos 15 reses; y ahí si fue que todos quedaron jetiabiertos (con la boca abierta),las 30 reses no se pudieron subir caminando solas al camión,entonces tuve que poner 5 obreros para que las amarraran y las halaran y empujaran dentro del camión; es que ese lote si era de verdad muy bueno pero muy bueno; esos animales estaban entre los 722 kilos y medio a los 798 kilos y medio de peso cada uno según mis cálculos y yo en eso no fallo.





Todos  los obreros, los camioneros, los abuelos, los tíos, los sobrinos y unos cuantos vecinos hacían corrillo viéndonos trabajar hacer fuerza y sudar, para poder subir esos animales a los camiones,  todos admiraban el tipo de ceba y la gordura de los animales, entonces me preguntaban a cada rato como   hacía para engordar ganado asi de rápido; yo no les quise decir nada,  y los deje con la duda hasta el día de  hoy.

Salimos del hato un viernes y llegamos a Bogotá  el lunes  a las 1 de la mañana, y  en menos de media hora llegaron los compradores, todos querían comprarme mi ganado, para ello me ofrecieron por encima del mejor precio  del momento $297,50 más  por cada kilo y yo acepte por que como estaba necesitado de dinero  y además como las reses estaban muy cansadas por el viaje, tenía que hacerlo rápidamente;entonces, el negocio se hizo, y  empezamos a bajar el ganado para llevarlo a la bascula, y  otra sorpresa cuando entro  el primer lote, el dial de la báscula se paso,  porque la bascula  de ese entonces no alcanzaba para soportar el peso de esos  animales tan lindos y gordos, entonces  tuvimos que negociar  todas las 300 reses al OJO. (al cálculo aproximado)

Quince años después Toño se encontró con el comprador  y  a este, jamás se le olvido ese lote de ganado que le vendió en aquella ocasión cuando Toño empezó a cebar sus primeras trescientas reses; en ese encuentro, le comento que el cálculo del peso que  le había dado a cada animal de rendimiento de carne en canal, solo había fallado en unos pocos gramos y es que en eso de calcular el peso del ganado al ojo, Toño fue el mejor de toda la inmensa llanura Colombiana.


Gracias a la colaboración de algunos amigos de Miraflores.

martes, 28 de agosto de 2012

Un toro Cimarrón.


Un toro Cimarrón VS Toño.

Los toros cimarrones, son esos toros viejos, que permanecen  por años  escondidos en las matas de monte  comiendo y engordando; son difíciles de encontrar, amarrar y poner en un  camión para llevarlos al  sacrificio, son toros  de cuernos largos, gordos y muy bravíos que   deben manejarse con  personas baquianas y  siempre  montadas a caballo y con otras reses mansas que sirven de madrinas o acompañantes para que estos animales cimarrones salgan del monte y lleguen a su destino final los corrales y el matadero.



Toño a los diez años era un experimentado vaquero que había aprendido todas las faenas del llano y del manejo del ganado por enseñanza de su abuelo;  para el verano de ese año al abuelo organizó un trabajo del llano, que incluía buscar los toros más gordos para llevarlos a la venta.

En un hato tan grande  de 45.000 hectáreas era difícil encontrar a los cimarrones y se dejaban de ultimo para dedicarles tiempo y gente a su búsqueda, pero los vaqueros no gustaban de esa búsqueda por que  podían pasar días y días sin encontrar al  cimarrón y cuando lograban encontrarlo casi siempre salían mal heridos  ellos o sus caballos debido a la fiereza del animal.

Pero Toño ya casi hombre   muy aguerrido fuerte, luchador y arriesgado, salió solo en busca del cimarrón mayor, un toro  negro de unos 800 kilos de peso, cuernos de más de un metro de largo, ojos fieros y muy bravo, el animal era tan bravo que  con solo oir los pasos del caballo,  empezaba a bramar, y a escarbar con sus patas delanteras la tierra desafiando al vaquero para ver si este se bajaba del caballo y  ahí si poder cornearlo hasta  la muerte

Este toro Cimarrón solo había sido visto dos veces  en los últimos seis años pues era un toro muy mañoso, fiero y muy temido por todos los vaqueros del hato.

A la madrugada del día lunes Toño alisto su caballo cuarto de milla,  y salió con su sombrero viejo, su rejo, un poncho grande y un pollero con  comida para dos días, ( carne seca salada, patacones de plátano bien verde y una libra de avena) Toño debía ir bien preparado ya que a como diera lugar debía tener al toro cimarrón en los corrales a mas tardar el día miércoles antes del medio día, ya  que ese mismo día llegaban los camiones a  cargar el ganado gordo con destino a la capital.

Muy a las 4 de la mañana el abuelo le dio un trago doble de aguardiente para el frio, la abuela de dio un buen desayuno, le empaco  su pollero con la carne seca, los patacones y la avena y le  dio la bendición  mientras los demás vaqueros  se burlaban socarronamente de su misión.

Como a eso de las  once y media de la mañana llego al lugar en donde habían visto al cimarrón la ultima vez; pero como este animal salvaje, de solo escuchar los pasos del caballo se volvía más fiero, Toño  decidió  apearse  de su caballo cuarto de milla  e irse caminando descalzo solo con el rejo su sombrero y su poncho fieles acompañantes de las faenas, muy sigilosamente fue entrando hasta  la mata  de monte,  hasta que vio pastando en un claro del  bosque al cimarrón, entonces empezó a silbar un pasaje llanero y  asi  fue domando suavemente al animal bravío  y de manera lenta muy lenta, logro sacarlo de la mata de monte como a eso de las tres y media de la tarde, eso si  la acción debió ser de manera cautelosa, sin que el toro cimarrón lo  viera   ya que  podía correr riesgo su vida y  la misión fracasaría.

Así el toro fue saliendo lentamente del monte  y cuando ya estuvo de frente a la sabana, Toño ya no podía esconderse por lo que decidió jugarse el todo por el todo,  y arranco a correr sabana adentro llevando siempre su  rejo y su poncho y su sombrero  hasta donde había dejado su caballo para que el toro lo persiguiera y asi sucedió el toro  corría tras de él  por más de  2 kilómetros, y  Toño ya  muy cansado sentía que  lo iba a cornear, pero como era joven tenía mucha agilidad  y se le capeaba   siempre, en  uno de esos momentos de angustia pensó este  toro no me va a ganar y  se agacho muy cerca de una casa de termitas poniendo el poncho sobre ella para que el toro le embistiera y asi sucedió, el toro embistió, muy fuerte al poncho que cubría la casa de las termitas y quedo atrapado allí pues su peso , su fiereza y su gran cornamenta  lo dejo ahí  atrapado y  atontado, por lo que Toño aprovecho rápidamente para ponerle el rejo en los cuernos y subirse rápidamente a su caballo cuarto de milla y  amarrar al fiero animal a la cabeza de la montura y  asi  hasta el corral del hato.

Fue tan  impresionante la forma como quedó el toro allí atrapado, que no pudo salir solo, ni tampoco con la fuerza del caballo, por lo que nuevamente se tuvo que apear del cuarto de milla y  ayudarlo a salir halándolo del rabo hacia atrás.

El toro cimarrón de 800 kilos que nadie había podido  enlazar y que todos los vaqueros le tenían miedo  había perdido la batalla frente a Toño, ese día el toro  se fue mansamente  amarrado con su rejo  y sujeto a la cabeza de su montura, caminaron durante varias horas y  como a eso de las 11 de la noche ya estaba nuevamente en la  casa  desaperando su caballo y  desempacando la comida que su abuela le había empacado ya que no había tenido tiempo de  comer  ni tomar nada por estar  en la lucha con el fiero animal.

Esa misma noche se acostó a dormir muy cansado y al siguiente día, a las 4 de la mañana cuando se levanto, el abuelo, la abuela y los obreros no podían creer que  en un solo día  y él  solo, con su caballo su sombrero, su poncho  y su rejo  le había dado  cacería al toro negro cimarrón de 800 kilos que duro muchos años en el monte y que todos temían por su fiereza.